
I
El caballero de Oriente, con su rostro oculto bajo una de las máscaras venecianas de mi predilección, comenzó a dar vueltas alrededor de mí.
Sabía perfectamente como debía comportarme, pues había estado durante muchos años a dos pies. Ahora era yo el esclavo, ahora era yo el que había caído en el dulce encanto de la entrega.
Pero la cosa era más compleja, más íntima.
- Tenerte a mi servicio será un gran honor…
- El honor es mío, caballero de Oriente…
Darko, mi caballero de Oriente, se sentó en mi silla de terciopelo rojo y me miró bajo la máscara con esos ojos intensamente marrones que me esclavizaban sutilmente.
De rodillas, con los ojos puestos en los suyos, recordé todas las veces que nuestras miradas se quedaron fijas; todas las veces que sentí como su poder me derretía; todas las veces que su perfume me esclavizaba.
Nos conocimos en mi cuarto año de universidad. La típica historia: amigo de un amigo. Pero Darko era especial, siempre lo fue. Buscaba su mirada o una palabra dedicada a mí. Se trataba de ese tipo de atracción tan fuerte que no podía reprimir un suspiro cuando pasaba a su lado. Era de esa clase de personas que por su halo de misterio (derivado a su vez de su timidez) envolvían una habitación con su presencia.
Comencé a tener relación con él cuando me atreví a pedirle su dirección de correo electrónico a ese amigo en común. Así descubrí muchas cosas sobre él que alimentaron mi deseo de conocer, mi curiosidad…
Descubrí su estilo de vida, un tanto peculiar y contraria a la mía, pero la curiosidad siguió en aumento.
Su heterosexualidad no fue un impedimento para que continuara en mi afán de conquistarlo. Era una utopía, y como tal, estaba enamorado de ella.
Por aquellos años estaba ya bastante metido en lo que en el futuro sería mi vida empresarial y personal: la disciplina sadomasoquista. Poseía un espacio en Internet donde colgaba mis reflexiones e inspiraciones relacionadas con el mundo de la dominación. Era joven, dominante, y bastante ingenioso por cierto.
Darko conocía esa parte de mi vida, pero yo desconocía si su curiosidad le llevaba a leer los artículos de mi web. Así mismo, dediqué algunos a él: el Caballero de Tierras Volcánicas, que luego se convirtió, por cuestión de discreción, en el Caballero de Oriente.
Pero pronto el Tiempo se tragó las tardes de conversación…
Aparecieron personas en nuestras vidas: una chica en su caso, un chico en el mío, y la vida continuó.
Al cabo de cinco años, con el dinero que había obtenido por varios bestsellers, compré una antigua casa en la zona más fría de la ciudad. Restaurarla fue lo más complicado, pero al final mi sueño desde que comencé en la disciplina se hizo realidad:
- Bienvenidos a mis dominios…
Les decía a los clientes vestido con mi albornoz de terciopelo rojo.
Había montado todo un negocio en mi propia mansión. En el hall de la casa estaba siempre Gor (mi único esclavo real, del que llevaba su llave colgada de mi cuello), tras un pequeño recibidor que informaba de las normas de la casa:
Primera norma, toda la parte izquierda de la casa estaba terminante prohibida para los clientes. Era mi casa propiamente dicha. Unas puertas blancas de corredera daban a un espacioso salón con chimenea, y al fondo se encontraba la cocina y una pequeña terraza acristalada donde yo cultivaba mis delicadas y peligrosas adelfas blancas.
Unas escaleras llevaban a la segunda planta: una inmensa habitación con cama de dosel, un espacioso baño al que se accedía desde la habitación y cuyas puertas eran de cristal, y finalmente, mi biblioteca. Situada en una almena de la casa, la biblioteca era la zona más alta de la mansión. Desde una de sus ventanas se veía una preciosa vista de la ciudad a sus pies.
Para escribir me encerraba en la biblioteca y escuchaba música, o daba paseos por los pasillos de la zona de torturas inspirándome entre gemidos y gritos de placer.
Segunda norma, todos deben respeto y obediencia a Lord Mayfair (mi nombre dentro de la disciplina). Mi palabra va a misa. Yo hago y deshago a mi antojo. Mi palabra es la justicia divina, y llevarme la contraria es castigado con la expulsión de los dominios.
Tercera normal. Los dominantes que deseen disponer de un sumiso deben pasar primero por una entrevista personal conmigo, en la que serán evaluados como merecedores de pertenecer a los dominios. Una vez aceptados, le sería entregado el anillo de O que debería llevar en todo momento para ser identificado como dominante.
Cuarta norma. Los sumisos que deseen pertenecer a los dominios deberán ser también entrevistados, y se les entregará un collar con un candado y una llave. La entrega de esa llave es responsabilidad del propio sumiso, que entregará al dominante que él estime oportuno.
Quinta norma. Se abonará una cantidad mensual para poder disponer de las instalaciones. El resto de la mansión era para el uso de los clientes: diez habitaciones convertidas en mazmorras, con toda clase de instrumentos y aparatos de tortura.
Las paredes, de color rojo, estaban decoradas con ilustraciones y pinturas de temática sadomasoquista, y colgaban bajo las lámparas máscaras venecianas que formaban parte de mi colección fetichista.
Eran los dominios de Lord Mayfair, a los que, una noche en la que leía en el salón privado un texto sobre Foucault, llamaron al timbre.
1 comentario:
Sensual, atrevido y excitante Lord... que la fantasía de paso a la realidad.
Mis saludos y mis respetos al Señor de estos Dominios...
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